La leyenda que nos ocupa la sitúa nuestro informante, don Crescencio Martínez Mori, a quien se la relataron sus padres, en el transcurso de la segunda mitad del siglo XIX, cuando nuestro país sufría la invasión de las fuerzas francesas que habían traído para gobernarnos, un emperador austriaco Maximiliano de Habsburgo y a las que las fuerzas juaristas implacablemente daban la batalla por la independencia nacional.
San Martín Obispo, pueblo entonces de poco mas de 1,000 habitantes, veía turbada su bucólica existencia por el constante paso de tropas regulares, guerrilleros o simples gavillas de bandoleros que aprovechaban el movimiento armado para cometer toda clase de abusos en los pueblos que encontraban a su paso. Como el mantenimiento de cualquier tipo de tropas requerían de caballos, víveres y demás bastimientos, que dadas las circunstancias, eran tomados precisamente de las poblaciones mas inmediatas, esa situación no diferenciaba a los ejércitos conservadores o liberales, por lo que a los pobladores les hacia temer por igual el paso de unos y otros.
Confiados a la voluntad de Dios y seguros del patrocinio de su santo titular, los vecinos de San Martín dormían tranquilos una de tantas noches de aquellos años, mientras por el este avanzaban cansadas y hambrientas las tropas de los generales tlaxcaltecas; Antonio Carbajal y Rafael Cuellar de la 4° brigada del Ejercito de Oriente, después de haber sostenido enfrentamientos con fuerzas francesas y austriacas en los llanos de Apan, Hidalgo, una vez atravesada la importante sierra nevada y luego de pasar de largo por el pueblo de Cuautlacingo, llegaron por el camino ancho hasta la barranca grande dispuestos a entrar a nuestra población. El desconocimiento del terreno y la obscuridad motivaban el avance cauteloso de la tropa y al llegar a la barranca grande, esta les pareció un abismo imposible de salvar. Al otro lado de la barranca y sólo visible por lo blanco y brillante de su cabalgadura, un jinete observaba los movimientos que a lo largo de la barranca, desde el norte hasta el sur donde se encuentra el pueblo de San Francisco Mazapa, efectuaban los recién llegados buscando inútilmente un lugar propio para cruzar. al final decidieron acampar en el camino ancho y esperar el nuevo día.
Con los primeros rayo del sol "las blusas coloradas", como eran conocidos los soldados de Carbajal, entraron al pueblo de San Martín Obispo, llegando hasta la plaza principal tocaron a las puertas de la iglesia pidiendo alimentos, y una vez adentro reconocieron e inmediato al jinete que los vigilaba la noche anterior. ¡Nada menos que nuestro santo patrono!, San Martín, ante cuya imagen prometieron respetar a la población siguiendo de largo su camino hacia el poniente, con rumbo a San Antonio de las Palmas.